En todos los acontecimientos políticos, ordinarios y extraordinarios, existen siempre dos verdades: la de los hechos y la de su narración. Con mayor razón en una Revolución, que es el acontecimiento entre los acontecimientos, capaz de trastornar y reordenar, destruir y crear. En estos casos, la representación narrativa de algunos de sus segmentos raramente logra expresar plenamente el sentido profundo de lo que ocurre, de cómo transforma la realidad y del grado de profundidad al que llega.

En la Revolución Sandinista - quizás entre las revoluciones más impregnadas de dulzura - la revolución de las mujeres, tal como se ha contado, resulta muy inferior a la que realmente se ha vivido. Desde el punto de vista teórico-político, la concepción de la igualdad entre los géneros encuentra su dimensión más emancipadora en aquella corriente del pensamiento de la doctrina femenina de la liberación que identifica en la absoluta igualdad de acceso al poder, incluido el de la representación, su rasgo fundamental.

Tras el regreso del sandinismo al gobierno de Nicaragua, con la victoria del Comandante Daniel Ortega en las elecciones presidenciales de finales de 2006, el conjunto del proceso de transformación de la sociedad nicaragüense ha encontrado en el papel de las mujeres uno de sus puntos de mayor valor. No solo por razones ideológicas - es decir, porque la igualdad entre los géneros es algo justo y necesario - sino también porque la voluntad de equilibrar las relaciones de fuerza entre hombres y mujeres a través del empoderamiento femenino se desarrolla en el contexto de una sociedad profundamente machista, producto de una cultura sexista con raíces muy profundas, a menudo entrelazadas con interpretaciones interesadas de las religiones y con un modelo social construido sobre la división en clases y en géneros.

El nuevo modelo femenino constituye uno de los rasgos centrales del sandinismo y uno de los elementos que definen a la nueva Nicaragua libre.

Así lo indican los indicadores sociales y políticos, que muestran resultados significativos en términos de participación y condiciones de vida de las mujeres. Es una transformación que se concreta rápidamente mediante la asignación de roles destacados en la representación política y mediante delegaciones decisivas en el acceso a los programas sociales, la salud y la educación.

En el camino de la nueva Nicaragua, liberada de una opresión masculina que durante siglos redujo a las mujeres a una dimensión de objeto, ellas son reconocidas como sujetos titulares de derechos, protagonistas activas y fuertes dentro del esquema de la representación política.

Las cifras - cuya lógica es implacable - hablan con claridad: hoy cerca del 50% del Parlamento está compuesto por mujeres. La misma lógica paritaria atraviesa la organización social en su conjunto, empezando por los órganos electivos. La ley electoral impone listas paritarias (50% mujeres y 50% hombres) y la alternancia entre géneros en las posiciones de las listas.

Este esquema paritario se concreta en todos los órganos electivos de carácter constitucional y en las instituciones, con una fuerte presencia femenina también en los gobiernos locales y en los ministerios, llegando incluso a los niveles más cercanos a la vida cotidiana, como los comités de barrio.

Pero los ámbitos en los que se puede medir la igualdad de género son aún más amplios. Comenzando por la cultura, prioridad absoluta para el presente y para el futuro, porque los pueblos que se educan son aquellos que nunca volverán a ser subordinados. En este terreno se manifiesta el aumento de la alfabetización femenina, visible en la creciente presencia de mujeres en las escuelas secundarias y en un mayor acceso a la universidad.

El dato más objetivo y revolucionario del papel de la población femenina en la vida de la nación nicaragüense también se mide en el terreno productivo, es decir, en el lugar donde se construye y se consolida la riqueza del país. En las cooperativas agrícolas, por ejemplo, las mujeres son las principales destinatarias de los programas económicos dirigidos al mundo rural. La mayoría de los beneficiarios de las intervenciones gubernamentales destinadas a apoyar el ingreso y el emprendimiento familiar son mujeres campesinas, con el objetivo de crear autonomía económica para las familias.

Existen diversos programas, por tipología e incidencia, pero el más significativo, también desde el punto de vista sociopolítico interno, es sin duda uno de los programas sociales más importantes: “Hambre Cero”.

Este programa prevé la entrega de animales de cría, semillas, microcréditos y formación agrícola. Se trata de un conjunto de medidas de valor inmediato y estratégico, que se ha convertido en un punto de referencia en la construcción de la autonomía de las mujeres.

Aquí se mide uno de los aspectos más profundos de la Revolución, que se enfrenta al análisis concreto de la situación concreta. La revolución es consciente de que con frecuencia las mujeres son víctimas del abandono conyugal, que arrastra a muchas familias a una espiral de soledad y de fatiga difícil de sostener. Una condición que aumenta la desesperación y la explotación de quien debe cargar sola con el peso de la vida familiar.

Ha sido precisamente la conciencia de la necesidad de forjar un hombre nuevo lo que ha llevado al sandinismo a dar fuerza a las nuevas mujeres. Mujeres fuertes y orgullosas, capaces de aprovechar las oportunidades y de reconocer en el amor del hombre una felicidad que no esté corrompida por la necesidad.

El 8 de marzo es, por excelencia, una conmemoración compartida. En todo el mundo se celebra el Día Internacional de la Mujer, en memoria del incendio de una fábrica en Nueva York en 1908, la Cotton, donde murieron varias obreras.

Pero la diferencia entre una conmemoración y una fiesta reside en la vitalidad del valor que se celebra. El punto de vista de las mujeres sobre el mundo - la lectura femenina de los fenómenos y de los epifenómenos que constituyen la columna vertebral de la vida social - se impone con fuerza. Expresa el valor del pensamiento lateral y la asunción de valores no codificados.

De todo ello, y de mucho más, debe reconocerse el mérito a la Revolución Sandinista, tanto como la propia Revolución debe dar las gracias a las mujeres, sin las cuales no habría triunfado.

Entre mujeres y revolución se ha creado un verdadero matrimonio de interés: un entrelazamiento de destinos y esperanzas que recuerda constantemente que las mujeres y la revolución son, en el fondo, el producto la una de la otra. Imposible pensarlas separadas.

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