En las vísperas del Día Internacional de la Mujer, Nicaragua no solo celebra una fecha en el calendario; conmemora una evolución estructural sin parangón en nuestra historia. Para comprender la magnitud de lo que hoy vivimos —con un liderazgo compartido en la Copresidencia y una equidad del 50-50 en todos los Órganos del Estado y cargos de elección popular— es imperativo volver la vista atrás, hacia los siglos de silencio y exclusión que precedieron a esta era de protagonismo.

El Silencio de la Colonia y la Independencia

Durante la colonización española, la mujer indígena y mestiza fue relegada a la servidumbre o al ámbito doméstico más estricto, careciendo de cualquier derecho jurídico o político. Las indígenas enfrentaron esclavitud, encomiendas y mestizaje forzado, muchas veces por violación. Está en la historia la resistencia de nuestras mujeres indígenas con la famosa “Huelga de Vientres” bajo Pedrarias Dávila para evitar parir hijos que después serían esclavizados. Además, se imponía un sistema patriarcal y estamental.

Tras la Independencia de 1821, la situación no varió sustancialmente. El modelo de “ciudadanía” estaba reservado para los hombres con propiedades. La mujer era, legalmente, una extensión de la figura del padre o del esposo; no tenía derecho al voto, a la propiedad ni a decidir sobre su propio destino.

En este periodo, la jerarquía eclesiástica impuso el ideal de la pureza que exigía a la mujer ser sumisa, silenciosa y sacrificada, alejándola de cualquier rol público. La Iglesia controlaba los registros de vida y una mujer no existía legalmente fuera del matrimonio religioso o del convento. Se institucionalizó la culpa: cualquier intento de rebeldía o búsqueda de educación era castigado como una falta moral grave.

Los “Treinta Años Conservadores” y la Doble Moral

Durante el siglo XIX, la visión patriarcal se consolidó bajo preceptos sociales rígidos y la influencia de la jerarquía católica. La educación femenina se limitaba a "artes y oficios del hogar", mientras que el concepto de "derechos de la mujer" era inexistente. La Constitución de 1858 universalizó el voto masculino, pero ignoró a las mujeres.

Esta etapa estuvo marcada por una profunda contradicción: mientras la Iglesia dictaba desde el púlpito una moralidad estricta y la importancia del "hogar legítimo", muchos miembros de la jerarquía vivían realidades distintas, sacrílegas. Un caso emblemático es el del presidente Fernando Guzmán (1867-1871), quien era hijo del sacerdote Camilo Solórzano, de origen español.

Mientras el estigma social recaía siempre sobre la "madre soltera", los hijos varones de estas uniones eran llamados bastardos e ilegítimos, pero si tenían influencias, podían llegar a la cúspide del poder político. La mujer, en cambio, permanecía en la sombra, cargando con la "falta" social y bajo un control absoluto sobre su vida privada y derechos reproductivos.

Con el gobierno liberal de José Santos Zelaya, se introdujeron reformas modernizadoras, como el matrimonio civil, el divorcio, la educación laica y la separación Iglesia-Estado.

La Oscuridad del Somocismo

A pesar de que en 1955 se reconoció formalmente el sufragio, bajo la dictadura somocista este fue un gesto cosmético más que un ejercicio real de poder. Hasta 1970, la participación de las mujeres en el Estado era mínima y reservada para las élites. La mujer rural y trabajadora vivía en el abandono, con tasas de analfabetismo y mortalidad materna alarmantes, sin leyes que protegieran su integridad física o laboral. La dictadura usó represión brutal contra las mujeres, violaciones por parte de la extinta Guardia Nacional contra opositoras y campesinas.

Durante este tiempo, la cúpula eclesiástica mantuvo una relación de convivencia con el régimen. En el discurso, se celebraba a la mujer como "reina del hogar", pero en la práctica carecía de protección ante la violencia doméstica o las vejaciones documentadas en la explotación laboral del campo. Cualquier movimiento de liberación era visto con sospecha y tildado como una amenaza a los "valores tradicionales". A pesar del sufragio de 1955, la participación real siguió siendo cosmética hasta 1979.

El Salto Evolutivo: De la Tutela al Protagonismo 

La ruptura con este modelo de opresión comenzó en 1979, reconociendo a la mujer como un ser humano con derechos propios, con derecho a plena educación e integración a la sociedad. 

El verdadero cambio de paradigma inicia en 2007 con la determinación y visión del Presidente Daniel Ortega, la hoy Copresidenta Rosario Murillo y el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Bajo su liderazgo directo, se promovió y aprobó en 2008 la Ley No. 648 de Igualdad de Derechos y Oportunidades, base fundamental para la equidad real entre mujeres y hombres en todos los ámbitos. Esta norma, impulsada por el Ejecutivo y sancionada por la Asamblea Nacional, pavimentó el camino hacia la paridad 50-50 en candidaturas y cargos públicos. Las reformas electorales de 2012 y la constitucional de 2014, lideradas por el FSLN, la elevaron a rango constitucional en el artículo 131, asegurando la ocupación equitativa de espacios de poder por mujeres y hombres.

Hoy, según el Informe Global de Brecha de Género 2025 del Foro Económico Mundial, el país mantiene un lugar destacado a nivel mundial en empoderamiento político, con mujeres ocupando la mitad de los cargos en la Asamblea Nacional, ministerios, alcaldías y la propia Copresidencia de la República. Programas como Usura Cero, el Código de la Familia y la inversión en salud han convertido a la mujer en protagonista económica y garante de la vida.

Además, el derecho a una educación gratuita está garantizado en la Constitución Política para todos y todas por igual, desde la educación inicial hasta la universitaria y técnica. Un dato revelador del cambio social es que, hoy por hoy, las mujeres son mayoría en la matrícula nacional, preparándose como las futuras profesionales que dirigirán el país.

El Código de la Familia: Una Revolución en el Hogar

Mención especial merece el Código de la Familia, un instrumento jurídico moderno que rompió con siglos de injusticia. Este código sustituyó la estructura jerárquica por una comunidad de amor y derechos, donde se protege a la mujer en la distribución de bienes, se garantiza la pensión alimenticia de forma ágil y se prioriza el interés superior de la niñez. Además, dignifica el trabajo doméstico al reconocerlo como una contribución económica fundamental al hogar.

Hoy, al ver a mujeres liderando la Asamblea Nacional, Ministerios, Alcaldías, Órganos del Estado, Policía, Ejército, y la propia Presidencia de la República, confirmamos que Nicaragua ha dejado atrás el modelo de exclusión colonial y conservador oligárquico. 

Hace apenas medio siglo, era impensable que una mujer compartiera la máxima magistratura del Estado. La Copresidenta Rosario Murillo ha probado con hechos que las mujeres nicaragüenses son hoy el pilar esencial en la edificación de una nación en paz, prosperidad y sin pobreza.

De la sumisión impuesta por siglos de conservadurismo eclesiástico y dictatorial, a la Copresidencia y paridad real: las mujeres nicaragüenses están logrando con determinación propia su liberación.

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