El 4 de mayo de 1927, bajo un árbol de espino negro en Tipitapa, liberales y conservadores pusieron fin a varios meses de combates librados durante la Guerra Constitucionalista mediante un acuerdo negociado por el imperialista Henry L. Stimson, enviado especial del presidente estadounidense Calvin Coolidge. El pacto ordenaba el desarme de las fuerzas enfrentadas, establecía elecciones bajo imposición norteamericana y garantizaba la permanencia de su pelele Adolfo Díaz en la presidencia de la República hasta la toma de posesión del nuevo mandatario electo. Casi todos los jefes militares aceptaron los términos. Uno no lo hizo.
Sandino rechazó aquel arreglo desde el primer momento. Para el jefe segoviano, la discusión había dejado de ser una disputa entre liberales y conservadores y se había convertido en la entrega de la soberanía nacional a una potencia extranjera. A partir de entonces, las operaciones desarrolladas por el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, fundado formalmente el 2 de septiembre de 1927, estuvieron orientadas a expulsar las tropas estadounidenses de nuestro territorio y a desconocer el orden político surgido del Espino Negro, acuerdo que había garantizado la permanencia de Adolfo Díaz en la presidencia de la República.
La decisión de continuar la guerra quedó plasmada pocas semanas después en un documento redactado desde San Albino, un centro minero ubicado en el municipio de El Jícaro, departamento de Nueva Segovia, muy cerca de la frontera con Honduras y convertido posteriormente en uno de los principales bastiones del movimiento encabezado por el General Sandino. El primero de julio de 1927, el General publicó un manifiesto político que marcaría el rumbo de los acontecimientos posteriores. Allí escribió una de las frases más citadas de su trayectoria: "Mi mayor honra es surgir del seno de los oprimidos, que son el alma y el nervio de la raza". Aquel pronunciamiento se convirtió en la declaración pública de un movimiento que, con el paso de los meses, extendería su lucha por distintas regiones del norte del país y obligaría a mantener acciones de persecución para intentar contenerlo.
La guerra no se libró únicamente en los campos de batalla. El 14 de noviembre de 1927, Sandino firmó el documento conocido como Acuerdo sobre los traidores a la Patria. En ese texto incluyó entre las conductas sancionadas a "todo nicaragüense que con miras políticas traficare con la honra de la Nación, solicitando apoyo oficial de los invasores de la Patria, así como del gobierno de la Casa Blanca y el que saliere del país como delegado o representante del gobierno del traidor Adolfo Díaz". El documento también establecía medidas contra quienes celebraran pactos secretos con el enemigo, prestaran ayuda a las fuerzas invasoras o suministraran información en perjuicio de compatriotas nicaragüenses.
El 31 de enero de 1928 apareció una nueva comunicación firmada por el General Augusto C. Sandino, esta vez dirigida a los concesionarios del gobierno de Adolfo Díaz, administración a la que en ese mismo documento se refería como el "traidor y espurio gobierno de Adolfo Díaz". En ella defendía, según sus propias palabras, "nuestro derecho de mantener la soberanía de nuestra Patria" y advertía que quienes explotaban minas, bosques o cualquier otra concesión otorgada desde Managua debían presentarse ante su jefatura para obtener autorización y continuar sus actividades.
El gobierno respondió el 9 de agosto de 1928 con una nueva amnistía dirigida principalmente a los hombres del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, a quienes las autoridades de la época calificaban como "bandas organizadas" o integrantes del "bandolerismo", pero la medida no consiguió poner fin a la campaña desarrollada en Las Segovias. Las elecciones de noviembre de ese mismo año se realizaron con la bendición estadounidense y dieron la victoria a José María Moncada.
Fue así que el pelele Adolfo Díaz, nacido en Costa Rica en 1875 durante el exilio de su padre nicaragüense José del Carmen Díaz, abandonó el 1 de enero de 1929 la presidencia que le habían regalado los gringos, sin haber logrado la rendición del General Sandino, quien continuaba al frente del Ejército Defensor y mantenía como principal exigencia la retirada completa de las tropas extranjeras del territorio nacional.
Sandino continuó al frente de sus hombres y las operaciones estadounidenses y nicaragüenses no consiguieron eliminar su movimiento, que volvió a cobrar fuerza después de su permanencia temporal en México. Los últimos marines abandonaron Nicaragua en enero de 1933, seis años después del rechazo al Espino Negro y cuatro después de la salida del entreguista conservador. El General Sandino no derrocó personalmente a Adolfo Díaz, pero el gobierno de este, aun respaldado por tropas, aviones, recursos y decisiones políticas de la superpotencia de Washington, concluyó sin capturarlo, obligarlo a rendirse ni derrotarlo en el campo de batalla.













