154 años después, la paz de Benito Juárez sigue viva y el próximo 18 de julio de 2026, cuando se cumplan 154 años de su fallecimiento, volverá a recordarse la frase con la que quedó asociado para la historia de México y de América Latina: "El respeto al derecho ajeno es la paz". Aquellas palabras fueron pronunciadas tras la restauración de la República mexicana en 1867, después de la Guerra de Reforma, la intervención francesa y el establecimiento del Segundo Imperio encabezado por Maximiliano de Habsburgo. Más de siglo y medio después, continúan formando parte del pensamiento político y diplomático del continente y mantienen presencia en debates relacionados con la convivencia entre los Estados, la autodeterminación de los pueblos y las relaciones internacionales.

Aquel mensaje provenía del primer presidente indígena de México, un niño zapoteca nacido el 21 de marzo de 1806 en San Pablo Guelatao, Oaxaca, que quedó huérfano a temprana edad y creció hablando únicamente su lengua materna. La educación transformó su vida y lo condujo desde las montañas del sur mexicano hasta las más altas responsabilidades del Estado. Abogado de profesión, ocupó cargos como regidor, diputado, gobernador de Oaxaca, presidente de la Suprema Corte de Justicia y posteriormente jefe del Ejecutivo. Durante su trayectoria impulsó reformas que modificaron el funcionamiento del país, promovió la educación pública y gratuita y sentó las bases legales y administrativas que acompañarían la consolidación del México contemporáneo. Su nombre terminaría siendo reconocido dentro y fuera de sus fronteras bajo el título de Benemérito de las Américas.

Durante aquellos años también quedó definido uno de los principios que acompañaría a Benito Juárez a lo largo de toda su trayectoria pública: la educación debía dejar de ser un privilegio reservado para unos pocos y convertirse en una herramienta al alcance de toda la sociedad. Bajo esa visión se promovieron medidas que ampliaron el acceso a la enseñanza elemental, se fortalecieron centros de formación superior y comenzaron a abrirse mayores oportunidades académicas para las mujeres, una discusión poco frecuente en buena parte del continente durante el siglo XIX.

Su legado alcanzó igualmente el ámbito jurídico y administrativo. Los nacimientos, matrimonios y defunciones pasaron a ser registrados por autoridades civiles, mientras distintas actividades de la vida cotidiana comenzaron a depender directamente de instituciones estatales. Muchas de esas disposiciones continúan vigentes en la actualidad y forman parte de procedimientos que millones de personas realizan diariamente sin detenerse a pensar que su origen se remonta a las transformaciones impulsadas durante aquella etapa de la historia mexicana.

La educación fue una constante a lo largo de su vida pública y también una experiencia personal. El propio Juárez había conocido desde niño las dificultades para acceder al estudio y por ello dejó escrita una de las frases que mejor resume su pensamiento: "La educación es fundamental para la felicidad social; es el principio en el que descansan la libertad y el engrandecimiento de los pueblos". Años más tarde, esa visión se traduciría en medidas orientadas a ampliar el acceso a las aulas y a fortalecer la formación académica dentro de México.

Su trayectoria política también dejó un episodio poco común para la época. Durante varios años ejerció la conducción del país sin establecerse de manera permanente en la capital, trasladando la sede del gobierno de una ciudad a otra mientras continuaban los enfrentamientos en distintas regiones del territorio mexicano. A pesar de esas circunstancias, la administración republicana continuó funcionando, se mantuvieron las relaciones diplomáticas y las instituciones siguieron operando hasta el regreso definitivo a Ciudad de México.

Juárez gobernó durante uno de los períodos más complejos del siglo XIX mexicano, una etapa marcada por profundas disputas políticas y cambios que terminarían influyendo en el rumbo del país durante las décadas posteriores. Muchas de las decisiones adoptadas bajo su administración continuaron acompañando la evolución política y jurídica mexicana mucho después de su fallecimiento y ocuparon un lugar importante dentro del proceso de consolidación republicana iniciado durante aquellos años.

El 18 de julio de 1872, mientras continuaba al frente del gobierno mexicano, falleció en el Palacio Nacional de la Ciudad de México a causa de un infarto. Tenía 66 años y acumulaba más de cuatro décadas de vida pública entre responsabilidades municipales, judiciales y nacionales. Su muerte puso fin a una de las trayectorias políticas más influyentes del siglo XIX en América, mientras su nombre continuó ocupando un lugar destacado dentro de la memoria histórica mexicana y latinoamericana.

A 154 años de su fallecimiento, la frase pronunciada por Benito Juárez tras la restauración de la República mexicana, "El respeto al derecho ajeno es la paz", continúa encontrando eco más allá de las fronteras de su tierra. En Nicaragua, donde la paz, la soberanía y la seguridad constituyen pilares fundamentales, aquellas palabras conservan plena actualidad. La producción, el trabajo, la educación, la atención en salud y los programas destinados a las familias tienen en la paz una condición indispensable para su continuidad y fortalecimiento, una realidad que mantiene vigente el pensamiento del estadista mexicano más de siglo y medio después de su partida.

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