Visto desde dentro, el 250º aniversario de la independencia encuentra a los Estados Unidos inmersos en un enredo de contradicciones que la presidencia de Trump refleja y amplifica. El enfrentamiento sobre los poderes del presidente es el aspecto más evidente de esta situación, que también abarca otros ámbitos, desde temas identitarios hasta la justicia social, pasando por la reconstrucción de la experiencia histórica y los símbolos del país.

Pero visto desde el exterior, el 250º cumpleaños de los Estados Unidos es un aniversario funesto, que presenta una cuenta horrible para quienes han sufrido su dimensión imperial. Más de 231 años de guerra en un total de 250 años de existencia, cuentan claramente qué son los EE.UU. y qué entienden por relaciones internacionales. El balance supera cualquier otro imperio en cualquier época: más de 30 millones de muertes comprobadas en todo el mundo debidas a sus políticas imperiales desde 1945 hasta hoy.

Nacidos exterminando a la población nativa, hicieron de la guerra y de la violencia internas la biografía auténtica de una nación enferma en lo profundo. Desarrollados gracias a la inmigración, hoy combaten hasta su mínima existencia. Un giro de su propia historia, casi una catarsis colectiva de una imposible resurrección étnica.

La sustancia del modelo 

En que consta su modelo? El sistema político es presa de los lobbies económicos, al servicio de los cuales operan las estructuras jurídicas, políticas y administrativas del país. La jerarquía clara entre las corporaciones y la política regula la sustancia del ordenamiento estadounidense. Que se presente como el modelo por excelencia de la democracia liberal, dice mucho sobre lo que se entiende por democracia y liberalismo en Occidente.

El modelo ha mostrado en estos 250 años ser una ventaja para los EE.UU. pero un problema para el planeta. Los EE.UU. representan el 4,5% de la población mundial y consumen el 40% de los recursos, casi diez veces más de lo que debería según su índice demográfico, mientras devuelven al planeta el 25% de los residuos. Para Third World Resurgence, "es un modelo simplemente insostenible: los estadounidenses consumen casi el 40% de los recursos del mundo y recuperan solo el 1%".

La insostenibilidad se ha mantenido en los últimos 80 años gracias al dominio del dólar en el sistema internacional de divisas y de intercambios, especialmente en el mercado energético global garantizado con el control militar del planeta a través de unas 800 bases militares distribuidas a lo largo de los principales puntos estratégicos internacionales. Pero el nacimiento de un nuevo polo internacional que reúne las economías emergentes y la enorme fuerza de China en los mercados, junto con el uso abusivo del dólar y el sistema de transacciones internacionales asociado (SWIFT), ha convertido al dólar en una opción políticamente riesgosa y ya no rentable. De ahí desinversiones de activos y reservas internacionales y crisis de la moneda que alimenta y amplifica la de la economía.

El problema principal es una deuda aterradora en gran parte en manos de gobiernos y fondos extranjeros: 39 billones de dólares. Los intereses anuales suman 1,66 billones de dólares, 457 mil dólares al día.

Los bonos del Estado con los que los EE.UU. encuentran liquidez para sostener las cuentas son a la vez un recurso y un lazo que cada año hace más difícil la respiración económica de Estados Unidos. Los intereses aumentan porque se emite deuda continuamente que debe pagarse con otra deuda, empeorando las cuentas y generando una espiral negativa sobre la solvencia misma de los EE.UU.

Los bonos del Estado, considerados un refugio seguro para los rendimientos de cualquier inversión y columna vertebral del capitalismo financiero, a la luz de las cuentas actuales son vistos con creciente perplejidad, dada una deuda ya impagable que los expone matemáticamente a un riesgo de incumplimiento. Esto no significa que vaya a suceder, pero tampoco que falten las condiciones estructurales para que ocurra.

El darwinismo social

Según el Banco Mundial, los EE.UU. cuentan con 40 millones de pobres, dos millones de personas sin hogar y una inflación creciente. El país más rico produce cada vez más pobres y más injusticias. Donde vive el 41% de las personas más ricas del planeta, un tercio de la población (107 millones de personas) no tiene un techo seguro y lucha por cubrir sus necesidades, mientras que un millón y medio de jóvenes no accede a la educación secundaria. Los fondos de pensión, los seguros y Big Pharma gobiernan el bienestar social y 14 millones carecen de seguro de salud. Las repercusiones en la desviación social son evidentes: el 28% de los presos en todo el mundo son estadounidenses, y el número de enfermos psiquiátricos es el más alto en porcentaje respecto a la población, así como el número de toxicómanos en un país que ostenta el triste récord mundial en demanda de drogas. En cuanto a la seguridad, Estados Unidos está considerado entre los 30 países con mayor inseguridad ciudadana.

La soberbia y la arrogancia imperial, el desprecio al Derecho Internacional y a la soberanía ajena aumentan en proporción a las dificultades para sostener un modelo que ha fracasado en todos sus aspectos. Un modelo útil solo para reproducir con la fuerza un capitalismo sin capitales que cada día corre el riesgo de descubrirse a sí mismo como víctima de esa economía virtual con la que se siente dueño del mundo.

La era Trump, política se hace circo

Las delirantes declaraciones de Trump sobre la amenaza comunista global lanzadas en el aniversario sirven para distraer de los fracasos económicos y políticos evidentes y de la dura derrota militar sufrida en Irán, una de las peores en la historia estadounidense, que sin embargo está llena de derrotas, de Afganistán a Irán. En las encuestas recientes tiene un 26% de aprobación, mostrando el fin de la luna de miel con una parte significativa del electorado que lo llevó a Washington.

Los motivos del malestar del electorado son varios. Primero, la certeza de las muy reducidas capacidades cognitivas del presidente. No parece escandalizar su enriquecimiento personal basado en el uso fraudulento de información para determinar el mercado bursátil y las discusiones suelen dividir entre quien cree que es intencionado y quien no. Trump es percibido en todos lados como un hombre ignorante, con una imagen muy comprometida, incapaz de asumir un perfil presidencial y no apto como Comandante en Jefe del país.

Su presidencia se caracterizó por haber unido el complejo militar-industrial (que representa el motor histórico de la economía estadounidense) con los fondos especulativos que controlan Wall Street y las Big Tech que dominan la prensa internacional y el mercado tecnológico. Pero un dato político sobresale por encima de todo: por primera vez en 250 años, con Trump lo oculto se reveló: es Israel quien decide y condiciona la política de EE.UU. y no viceversa. El país dominante, en realidad, está dominado. El presidente no manda, quizás es chantajeado.

El lobby israelí controla las decisiones y establece las líneas políticas de Estados Unidos que repercuten directamente en todo Occidente. En las políticas continentales, tiene un peso significativo el papel de los lobbies ligados a algunas sectas religiosas evangélicas y la ultraderecha segregacionista, mientras que en la elaboración de la política, el "deus ex machina" es el grupo de poder de los exiliados cubanos en Florida, liderado por 16 legisladores que han tomado literalmente las riendas de la Casa Blanca y redactan su agenda política. Esto ha desplazado el eje de la política exterior estadounidense hacia un enfoque colonial, sangriento y anacrónico.

La reivindicación obscena de la Doctrina Monroe pinta un cuadro de odio, deseo de venganza e intereses privados. Las "operaciones de cambio de régimen" han afectado a todos los países que no obedecen a Washington. Las herramientas utilizadas se adaptaron según las necesidades y posibilidades del contexto, pero la actividad de desestabilización interna en los distintos países ha sido especialmente relevante, expresándose en la corrupción de posiciones políticas y militares importantes. Aquí también emerge la participación activa de Israel en la configuración de un bloque golpista latinoamericano y en operaciones de fraude electoral que entregan gobiernos a la derecha, gobiernos que balbucean una soberanía nunca ejercida, sin aspiraciones de transformación en el corazón de los poderes políticos, militares y jurídicos, constituyendo la esencia de las políticas en el continente.

El choque ideológico

Estados Unidos, que incluso si quisiera no dispone de los medios ni recursos para gobernar todo el planeta, ha elegido la desestabilización permanente de los países no alineados con Washington para obligarlos a concentrarse en sus escenarios internos, distrayendo energías e inversiones de su crecimiento económico y de su influencia internacional.

Impedir el crecimiento de otros actores con sanciones unilaterales e ilegítimas, chantajear constantemente a los aliados que no siguen su aventura neocolonial, desestabilizar procesos políticos, promover guerras en los cuatro rincones del planeta, esa es la estrategia de la Casa Blanca para diseñar un reequilibrio del sistema de poder internacional en exclusivo beneficio de EE.UU.

La gobernanza y el liderazgo internacional

La reafirmación del dominio absoluto y despiadado sobre el planeta ha suplantado cualquier hipótesis de gestión colegiada y responsable de su gobernanza. La llegada de Trump interrumpió cualquier hipótesis de un proyecto de toma de decisiones compartida que pudiera representar los diversos intereses geoestratégicos de los actores en juego. Tanto a nivel global como regional, el impacto demográfico, económico y militar de algunos países causa temor en Washington.

El lema “America First” de Trump fue la señal de una absoluta negativa a la democratización del sistema internacional y de sus organismos, y significó el retorno estadounidense a la supremacía absoluta, buscada a través de dos ejes fundamentales: el choque ideológico con los países progresistas y el conflicto comercial con aquellos capaces de ejercer una competencia amenazante para la supremacía estadounidense en los mercados.

A nivel interno, la violenta restricción del derecho ocurrida con el Patriot Act y las posteriores órdenes presidenciales sobre la libertad de expresión, reflejan lo mismo a nivel internacional, donde el sistema occidental aspira a representar la totalidad del mundo y no admite la existencia del otro como portador de políticas alternativas.

No sirve inundar el mundo con propaganda sobre la invencibilidad e imprescindibilidad de Estados Unidos. La representación ridícula de un presidente visiblemente afectado por trastornos mentales de naturaleza psicótica hace que todo parezca poco serio, pero no resuelve el problema. Un país con intereses pasivos sobre la deuda superiores al gasto militar (el más alto del mundo, igual al total de los 27 países siguientes en la clasificación) ya no infunde miedo. La convicción generalizada es que Estados Unidos es ahora una superpotencia incapaz de resolver una crisis política o ganar una guerra; incapaz de representar una solución, se mostra en todas partes como el problema.

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